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LA PLEGARIA MUDA

25 Enero 2007

LA PLEGARIA MUDA.

No era mucha la distancia que mediaba entre la siesta de alcohol bajo los árboles y el sueño picado sobre los rieles. Apenas un par de cuadras separaban la plaza Vélez Sársfield de las vías del ferrocarril Sarmiento, en Floresta.
El borracho que había tomado para olvidar su dolor, había fracasado porque no había olvidado nada. El problema no se había ahogado con el alcohol, al contrario, parecía haberse agrandado durante la siesta. Ahora el borracho daba lástima, y eso que nadie podía ver su corazón destrozado, ni nadie podía sentir su dolor como él. Además, a ninguno de los vecinos que lo estaban mirando desde lejos, intercambiando comentarios sobre su estado, le interesaba en lo más mínimo ponerse en su lugar, o ayudarlo a levantarse. Fuera la que fuese la razón de aquél hombre tirado para haber quedado así, un borracho en la plaza no quedaba bien. También por eso decidió enderezarse y empezar su marcha despareja hacia las vías. Antes de cruzar Bogotá y de tomar Chivilcoy, se volvió en silencio y miró la cruz en lo alto de la iglesia de la Candelaria. Las baldosas, los cordones y los adoquines del camino parecían estar confabulados en su contra para convertir su andar en una ridícula marcha sobre la cubierta de un barco perdido en una tormenta. Sentía la cabeza adentro de una bolsa y el estómago en llamas, además de todo el cuerpo flojo. El dolor lo seguía guiando hacia el próximo tren. La gente lo evitaba y al cruzar Bacacay casi lo atropella un auto. Pero aquella todavía no era su hora. En la próxima esquina, donde alguna vez había estado el primitivo Club Floresta, ahora había unos dúplex muy elegantes. Cruzando Venancio Flores había un kiosco de diarios y revistas, frente al vivero. A escasos metros estaba el colegio Saturnino Segurola y, del otro lado de las vías, en Yerbal y Chivilcoy, seguía el mercado Vélez Sársfield fundado hacia 1925. En esa esquina, un tiempo atrás, había funcionado un circo con animales y todo. El borracho sabía todo esto de sobra; pero ahora, entre todos los recuerdos, sólo tenía espacio para una condenada idea. Pasarse del otro lado del dolor para no sentirlo más. La gente que iba a presenciar aquél espectáculo ya no podía intervenir, y tal vez hasta no quería que el borracho se salvara. Después de todo, él mismo había llegado hasta allí, y parecía dominar su situación. No sería la primera ni la última víctima del Sarmiento en Floresta. Dió el último paso necesario y ya con el convoy encima, alzó los brazos para protegerse, como en una plegaria muda. La escena pareció detenerse por unos instantes. Era como una enorme foto. El costado del primer vagón golpeó con fuerza al hombre y lo sacó de la ruta del tren. Si hubiera ido a parar frente al convoy, otra hubiera sido la historia; pero aquella tampoco era su hora. El impacto dejó sobrio al vecino y lo despatarró frente al kiosco. Como había vuelto a la normalidad, aunque todavía olía a alcohol, pronto la foto se puso en movimiento y algunas personas se le acercaron para ayudarlo a incorporarse. Tal vez, sin pensarlo, más de uno se había puesto en su lugar. El hombre juraba a quien lo escuchara, que no iba a volver a tomar en su vida. La vida que recién ahora empezaba a valorar como lo único que tenía. Lo más valioso.
Quizás era mejor, después de todo, quedarse de este lado aunque doliera, para algún día, tarde o temprano, aprender y poder recordar sin sufrir tanto.
El hombre volvió serenamente sobre sus pasos y pronto se perdió por las calles del barrio, dejando atrás la frustrada función de picadillo sobre rieles. Tal vez, en algún lugar, alguien lo estaba esperando.

Audio: Enrique Ricagno (2004)

Foto: Juan Carlos Ricagno (1937-2001), padre de Enrique, presenció la escena que inspiró el cuento "La plegaria muda"(2001).

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25 Enero 2007

EL ULTIMO MOSAICO.

Carlos tomó otro pedazo de mosaico y se lo quedó mirando como si fuera un diamante. Estaba decidido, aquella preciosura de cemento sería la primera piedra. Al lado de Carlos se alzaba una considerable pila de mosaicos rotos de los que hacía Bartolomé, su padre. Cuando era chico eran célebres sus furtivas prácticas de puntería contra las indefensas ventanas del vecindario de Vélez Sársfield. Casi siempre lo habían descubierto, dada la delatora proximidad del negocio de Bartolomé en la calle Segurola, con los lugares atacados. Pero ahora que tenía 83 años no iban nisiquiera a sospechar de él.
Carlos no iba a tener que esconderse del enojo de su padre en los techos. Esta vez iba a poder romper todas las ventanas de Floresta. Nada ni nadie iban a impedírselo. Antes de tirar la primera piedra al primer vidrio, Carlos ya sabía que no iba a tener otra oportunidad como ésa. Aquella noche nadie culparía a Carlos. La fábrica de mosaicos de su padre, fundada en 1910 y fundida en 1970, era sólo un recuerdo glorioso. Carlos la había dirigido hasta el final, después de la muerte de Bartolomé en 1940. Ahora no había ninguna fábrica y todas las casas de materiales para la construcción estaban en la avenida Juan Bautista Alberdi, a unas cuadras de la casa familiar.
Carlos estaba cansado y la montaña de mosaicos junto a él estaba esperando. Los pedazos de cemento, armados de a uno por vez y prensados a mano, iban a llegar hasta Yerbal, hasta las vías del Sarmiento, hasta el techo del mercado Vélez Sársfield y hasta Rivadavia. El anciano ya estaba muy enfermo como para dejar pasar aquella última chance. Por eso no podía fallar. No podía quedar ninguna ventana sana, aunque más tarde tuviera que volver a esconderse en los techos.
Carlos apretó muy fuerte el mosaico elegido y sonrió como cuando era un niño antes de apuntar. Desde su balcón, el proyectil alcanzó una vidriera de un negocio y la destruyó ruidosamente. El viejo se descubrió escondido entre las sombras, sorprendido y atemorizado con su travesura; pero ampliamente satisfecho. La noche se calmó otra vez hasta que Carlos lanzó los otros piedrazos hacia sus víctimas de cristal. Los vidrios estallaban sin pausa. Uno tras otro, hasta que no quedó ninguno sano en toda la manzana y sus alrededores.
Carlos estaba feliz; pero pronto notó que le faltaba un toque final a su faena infantil. El farol de la calle Chivilcoy aún estaba encendido y su luz espectral encandilaba al anciano.
Carlos buscó ansiosamente el último mosaico; pero ya no había nada a su alrededor. Todo había terminado; pero él no se iba a ir conforme si no lograba apagar aquella luz. La luz que antes de esfumarse en el viento le dejó ver un instante a Bartolomé, su querido padre, lanzándole certeramente a la lámpara del farol el último mosaico de la noche.

Audio: Oscar Sucre (2005)

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"Yo escribo. No sé si lo hago bien o mal; pero me gusta escribir. Creo que la escritura y la vida se parecen. Al menos mi escritura y mi vida. Las letras de mis palabras y los latidos de mi corazón. Tanto es así, que a veces no resisto la tentación de escribir, o de existir... Y soy capaz de intentar algo como esto. Algo como LA PLEGARIA MUDA. Enrique Ricagno (1993). LA PLEGARIA MUDA. Recopilación de diez cuentos y escritos realizados en 1992 y 1993. Enrique Ricagno: Nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires de la República Argentina en 1966. Se recibió de periodista en la Escuela Superior de Periodismo Instituto Grafotécnico en 1986. Y colabora en diversos medios gráficos y radiales porteños y bonaerenses. Los audios fueron subidos al blog por Mario Paulela.

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